La ética de los negocios inclusivos

11 de marzo de 2017 | Nuestros socios opinan,Opinión
 
Por Joan Fontrodona

He estado dos días participando en la Conferencia Internacional sobre Negocios Inclusivos, organizada por la Fundación Codespa. Por negocios inclusivos se entiende aquellas actividades económicas que incorporan en su cadena de valor a las personas más pobres –englobadas en el término “base de la pirámide”.

A través de estas iniciativas no sólo se busca reducir la pobreza, sino también generar un mayor acceso a oportunidades de mejora económica y social en las comunidades donde estas iniciativas se llevan a cabo. Si alguien quiere profundizar más aquí hay un enlace a una publicación de la Cátedra “laCaixa” sobre este tema.

A lo largo de los distintos paneles hemos repasado las principales etapas a las que se enfrentan las empresas y organizaciones que se embarcan en este tipo de negocios: cómo identificar las oportunidades de negocio; cuál es el rol de los distintos actores que participan en los negocos inclusivos, así como los incentivos y riesgos que se les presentan; cómo se ponen en marcha estos negocios, y cómo se mantienen en el tiempo.

A mi me tocó responder a una pregunta complicada: ¿es ético ganar dinero con los negocios inclusivos? Es una pregunta pertinente, porque hay que tener en cuenta que estamos hablando de negocios, por tanto de actividades con afán de conseguir una rentabilidad económica. No estamos hablando de acciones filantrópicas, que donan dinero sin esperar ningún retorno económico. Habrá quien, ante este planteamiento, cuestione la aceptación moral de hacer dinero con gente que vive con 3 euros por día. La entrada de fondos de inversión en instrumentos financieros diseñados para apoyar a estos negocios (ya sea por la vía de créditos, ya sea aportando capital) cuestiona todavía más esta disyuntiva entre los objetivos sociales y la rentabilidad económica de estos proyectos.

Dar una respuesta directa de “sí” o “no” a una cuestión así es complicado. Lo que sí me atrevo a hacer es proponer una lista de principios que deben tenerse en cuenta a la hora de responder a esta pregunta. Habría que considerar al menos estas tres cosas:

1.Hay una tendencia humana a la solidaridad. Los seres humanos estamos hechos para vivir en sociedad, y eso nos lleva a sentirnos solidarios con las cosas que les pasan a nuestros prójimos. En un mundo globalizado como el nuestro, el prójimo puede estar muy lejos. La solidaridad nos lleva a compartir las penas y las alegrías de los demás. Esta tendencia natural responde a un principio ético que existe en todas las culturas, que se conoce como la regla de oro de la ética, y que puede formularse así: “trata a los demás como te gustaría ser tratado”.

La solidaridad se ha expresado muchas veces a través de acciones de caridad o de filantropía hacia los demás. Hay una catástrofe humana y nos mueve a dar nuestro tiempo o, al menos, nuestro dinero. Pero la caridad no es la única forma de expresar la solidaridad. Los negocios inclusivos pueden ser vistos como una alternativa a la filantropía. Según se mire es, incluso, una alternativa mucho más respetuosa con esas personas, porque no solamente les damos un dinero, sino que, en el proceso, les damos unos conocimientos y unas habilidades que les mejoran. No sólo les damos pescado, sino que les enseñamos a pescar

2.Las cosas más importantes en la vida no son susceptibles de un precio de compra y venta. Cuando les ponemos un precio, las mercantilizamos, las instrumentalizamos, dejan de ser valiosas por sí mismas. Sin embargo, es cierto que a veces tenemos que valorar las cosas, aun las más valiosas. La vida no se puede valorar, pero suscribimos un seguro de vida y nos ponen un precio a nuestra vida; tenemos un accidente y cada uno de nuestros miembros tiene un valor distinto.

Hay otro gran principio de la ética que está en el trasfondo de esto. Kant daba diversas formulaciones de su imperativo moral que debía guiar la acción humana; una de ellas decía: “trata a las personas siempre como si fuesen un fin en sí mismas, y nunca como un simple medio”. Lo cierto es que nos usamos unos a otros como medios para conseguir cosas: uso a los que trabajan conmigo para conseguir unos resultados; uso a los clientes para conseguir unas ventas; y ellos me usan a mi y a los productos que les ofrezco para satisfacer sus necesidades. Kant no nos dice que no los usemos como medios, sino que, aun cuando los usemos como medios, veamos a los demás como seres valiosos en sí mismos, que deben ser respetados en su dignidad, y no sólo como medios para conseguir nuestros objetivos.

Hacer negocios con la base de la pirámide no significa instrumentalizar a esas personas. Los incorporamos a nuestra cadena de valor, pero eso no significa que los veamos como “medios para”, sino que hay que verlos con la dignidad que se merecen. Con una frase del WBCSD que se ha citado estos días: “no se trata de hacerse con una parte más grande del bolsillo de esta gente, sino de hacer que el bolsillo de esa gente se haga más grande”.

3.Es también una tendencia natural del ser humano la de pensar mal. Basta con que alguien haga algo bueno para que inmediatamente pensemos que debe haber alguna “intención oculta” que le lleva a portarse así. Lo cierto es que en la vida se da un mix de intenciones por las que hacemos las cosas, y esto no está mal.

Las empresas deben intentar siempre en sus acciones combinar dos objetivos: ser económicamente eficientes y ser socialmente responsables. No se trata de plantear estos temas en términos de disyuntivas -o hago las cosas bien o gano dinero- sino en términos de sinergias: doing good and doing well. Ahora bien, a veces no se puede combinar los dos aspectos, sino que hay que optar por uno o por otro, y es entonces cuando se prueba la convicción de las personas y de las empresas por la ética. Hacer las cosas bien –ser socialmente responsable- y conseguir ganar dinero con ello, no hay nadie en su sano juicio que lo rechace. Este no es el problema. El problema, la prueba del algodón de la ética, es justamente el caso opuesto: cuánto estoy dispuesto de dejar de ganar por hacer las cosas bien. Como me matizaba un asistente a la conferencia, llegará un día en que la pregunta será “cuánto estoy dispuesto a perder por no hacer las cosas bien”, pero mientras llega ese día, me conformo con la formulación más realista.

¿Qué intenciones les mueven a las empresas y organizaciones para entrar en estos negocios inclusivos? Pues, un poco de todo. Y no está mal que sea así. La prueba, de todos modos, será cuando se encuentren en la disyuntiva y tengan que decidir si dan primacía a la rentabilidad sacrificando el impacto social, o dan primacía al impacto social sacrificando la rentabilidad. Si hay fondos de inversión que entran en estos negocios y no son capaces de sacrificar sus objetivos de rentabilidad por otros objetivos sociales, es de esperar que el propio sistema los expulse.

A partir de estas tres consideraciones, que tienen que ver con el sentido de solidaridad, con la dignidad de la persona humana –y el desarrollo personal que implica-, y con la primacía de las personas sobre la eficiencia económica, cada uno puede sacar su propia respuesta a la pregunta de si es ético ganar dinero con la base de la pirámide. La mía es que por supuesto que sí; lo que importa es ver cómo y cuánto –o a costa de qué.

Junto con el business case, que justifica estas iniciativas en términos puramente económicos y financieros, hay también un moral case de los negocios inclusivos, que se mide en términos de desarrollo humano y social. Es más, me atrevería a decir que–aunque muchas veces no se mencione explícitamente- es la razón que está en el trasfondo de lo que mueve a la gente a trabajar en estos negocios inclusivos, como hemos visto en muchas de las experiencias que nos han contado durante estos días.

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