El brote de las ‘nuevas economías’

17 de diciembre de 2017 | Noticias de Ética Empresarial,Recursos

25 de noviembre de 2017 – Economía verde, azul, circular, del bien común… La crisis puso de manifiesto la imperfección del sistema y dio alas al nacimiento de diversos modelos con el denominador común de la colaboración.

Hace 10 años, todo iba bien (o eso creíamos). «En aquella época, éramos pocos los que pensaban que el modelo económico no estaba funcionando», recuerda el palentino Diego Isabel La Moneda, que por entonces tramaba el salto del emprendimiento al activismo. «Los gobiernos se autofelicitaban al ver crecer el PIB y las empresas se dedicaban a decir lo buenas que eran a través de la responsabilidad social corporativa». Hablar de nuevas economías, en aquel contexto, era poco menos que un sacrilegio. Se escribía de economía verde, pero en un contexto teórico o estrictamente medioambiental. El movimiento antiglobalización del cambio de siglo se había diluido (o eso parecía). Y en esto llegó septiembre del 2008, y el batacazo de Lehman Brothers hizo temblar el sistema.

La reacción no se hizo esperar. Tan malo fue el remedio como la enfermedad: los rescates financieros y las curas de austeridad pusieron en guardia a los ciudadanos indignados. El movimiento Occupy tomó las calles y la sacudida se hizo sentir en los corazones financieros de Nueva York y Londres. Nada volvería a ser lo mismo (o eso nos decían). «Gracias a la crisis, muchas más personas y organizaciones reconocieron que el modelo económico estaba roto», volvemos con Diego Isabel La Moneda. «Y, a pesar de ello, la mayoría de empresas y gobiernos siguieron en la misma línea y su justificación era: El modelo no es perfecto, pero es el mejor que conocemos».

Algo empezó, sin embargo, a cambiar en el 2010, sin duda el año clave de las nuevas economías. Desde Bélgica el multiemprendedor, economista y pensador Gunter Pauli proponía hermanar innovación y sostenibilidad con su manifiesto La economía azul. Desde Austria, el profesor, bailarín y pionero de la Banca Democrática Christian Felber lanzaba su propuesta de Economía del Bien Común, como alternativa tanto al capitalismo de mercado como a la economía planificada, poniendo por delante a las personas.

En la Isla de Wight, en Reino Unido, la ex récord mundial de navegación a vela Ellen MacArthur sufría una profunda transformación personal tras completar la vuelta al planeta. Ese mismo año creaba la fundación que lleva su nombre, con la meta de promover la economía circular (reaprovechamiento total de los recursos) como alternativa a la economía lineal (producir, usar y tirar).

Al otro lado del Atlántico, la británica afincada en Australia Rachel Botsman y el emprendedor norteamericano Roo Rogers publicaban también en el 2010 Lo mío es tuyo: el ascenso del consumo colaborativo. El concepto de sharing economy, facilitado por un cambio de valores y por la revolución tecnológica, empezaba a calar entre los ciudadanos y echaba raíces en nuestro país, impulsado por la comunidad global OuiShare. Del crowdfunding al co-working, del coche compartido al intercambio de casas, la economía colaborativa tiene un impacto cada vez más visible (y a veces polémico) en la sociedad.

Por nuestros pueblos y barrios, especialmente castigados por la crisis, se extendía la práctica de la economía solidaria, preconizada desde tiempo atrás por la red Reas, pero más necesaria que nunca. En las ciudades, más allá de la tópica división entre lo privado y lo público, empezaba a popularizarse la noción del procomún -«lo que es todos y de nadie al mismo tiempo»- reivindicada por la premio Nobel de Economía Elinor Ostrom (fallecida en el 2012).

También desde EEUU, el matemático y filósofo Charles Eisenstein (Sacroeconomía) proponía devolverle al dinero la cualidad sagrada que tenía en su origen: propiciar el encuentro de dones y necesidades humanas para crear abundancia colectiva. Desde Totnes, en el sur de Inglaterra, con más largo recorrido, saltaba a nuestras tierras el movimiento de Ciudades en Transición, impulsado por el permacultor Rob Hopkins.

El horizonte de la economía se ensanchaba y se enriquecía de pronto con una panoplia de ideas que por fin saltaban al terreno práctico y salían al encuentro de la sed de respuestas que había (y sigue habiendo) en nuestra sociedad. Casi todas ellas, por primera vez, se dieron la mano la primavera pasada en el Foro Nesi(Nueva Economía, Sociedad e Innovación) que convocó en Málaga a más de 700 emprendedores, activistas, teóricos y prácticos venidos de 43 países.

Y el fundador del foro no es otro que Diego Isabel La Moneda, toda una década viviendo peligrosamente para impulsar la idea utópica (en el mejor de los sentidos) de poner a todas esas alternativas a orbitar juntas por una meta común: «La nueva economía tiene como objetivo estar al servicio de las personas y del planeta».

Todos los desvelos del activista palentino, y de las decenas de colaboradores que le arroparon en el camino, han fraguado finalmente en la Carta Nesi de Málaga que aspira a servir de guía, inspiración y de referencia para el tránsito hacia un nuevo modelo económico. Tras el impulso logrado en el último año y el reconocimiento en las más altas esferas (incluida Bruselas), Diego Isabel La Moneda cree que el camino está más que abonado para dar un paso más e impulsar un auténtico movimiento global de la nueva economía, pese a los nubarrones políticos de los últimos meses.

«A mí me gusta recordar que el momento de máxima oscuridad es precisamente antes del amanecer», recalca el activista palentino. «Ante el miedo, nuestra condición humana nos hace juntarnos con aquellos más cercanos, ya sea la familia, la tribu o la nación. La crisis de confianza en las instituciones o en las grandes empresas está siendo compensada por el aumento en las relaciones peer to peer, a nivel local o a través de la red». «La nueva economía está de hecho ya ahí, abriéndose paso con distintos nombres y por caminos diversos», asegura. «Se trata ahora de eliminar fricciones y buscar puntos en común. Ponernos a trabajar juntos y llegar a los actores políticos, a las instituciones, a las empresas y a la sociedad en general. Y también invitar a la conversación a la vieja economía».

Publicado en El Mundo

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